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viernes, 21 de junio de 2013

PÁGINA 28. EL CUADRO.

El futbolista tiene cabeza de escultura romana.
Una cabeza rotunda, de gladiador, de centurión.
Y una espalda como de gorila del Kilimanjaro.
Pero cuando le ves jugar... es otra cosa.
Se mueve con temple, con la mirada alta, como un general desde las alturas, calculando...
Cuando acepta el reto de un contrario, hasta su arranque violento es elegante. 
No huye del conflicto. Es duro pero no sucio. No hace teatro ni pantomimas. Y sin ingenuidad, sobrevuela a esa cosa que llaman picardía los fulleros.
Ha repartido con contundencia, es lo suyo, y ha recibido lo necesario. 
Protestas las justas y quejas ninguna...

Cuando le he conocido personalmente, he visto todo eso reflejado en su cara y en su actitud. 

Y no me ha extrañado que eligiese el cuadro del boxeador quemado. Es la belleza de la resistencia. La chulería en la derrota. La grandeza de la lucha.
El cuadro, le ha hecho gracia que esté hecho con café, tiene un texto que leyó en voz alta antes de comprarlo:

"El campeón de los pesos pluma,
era un hombre moldeado por el fuego,
por el dolor.
La tristeza se disfrazó de rabia.
Su rostro mostraba que estaba
quemado."

Me gustó escucharle. Me gusta saber que hay gente así. Me reconforta. Bien.